miércoles, 30 de mayo de 2007

Pregunta a propósito del 21 de Mayo

Hace algunos años (se han fijado como paso el tiempo??) cuando nuestro admirado G. Bush decide invadir Irak, la mayoría de las personas que populan esta franja de tierra se manifestó en contra de dicha matanza (llamarlo guerra es un eufemismo). Creo que esto se debió principalmente que, a pesar de todo el discurso oficial sobre las supuestas armas de destrucción masiva y las atrocidades de Saddam, todos entendimos que en realidad lo que se buscaba en dicha invasión era el control de recursos que son estratégicos para la economía estadounidense. Lógicamente a todos nosotros nos pareció que iniciar una guerra solo con el propósito de asegurar el control del petróleo iraquí moralmente es bastante cuestionable si es que no de frentón repudiable. Pero si consideramos que inmoral invadir un país por petróleo, ¿Por qué la mayoría de las personas no considera el mismo juicio moral para tratar el caso de la Guerra del Pacifico? Mi pregunta va por el hecho de cómo se puede compatibilizar la contradicción entre el rechazo a la guerra de Irak y la negativa que se tiene a darle una salida al mar a Bolivia que repare en parte el perjuicio que dicha nación padeció a consecuencia de esta guerra.

Un mismo estado que rechaza ante la ONU la guerra de Irak, pero que recuerda y glorifica los sus victorias en una guerra cuya justificación es tanto o más dudosa: la contradicción es bastante grotesca y burda, por lo mismo bastante llamativa en el sentido de ver como es posible la conjugación de dichos elementos simultáneamente. Uno de los argumentos que siempre he escuchado para negar la petición boliviana, es el hecho de que los territorios fueron conquistados a costa de miles de vidas de soldados chilenos, pero el argumento se muestra en todo su sin sentido cuando recurrimos de nuevo a la analogía con la guerra de Irak… ¿Los soldados muertos legitiman a caso, el uso de los recursos iraquíes por parte del invasor?



Aunque no tengo la respuesta a dicha pregunta (cuya argumentación en todo caso daría para largo) creo que esta se orienta por el hecho de que la mayoría de los discursos cotidianos no responden a una razón lógica sino que se ven afectados fuertemente por una esfera afectiva que en este caso tendría en parte su explicación en los sentimientos nacionalistas que se nos inculcan desde pequeños. Eso a modo de hipótesis, pero prefiero poner el énfasis en la pregunta más que en la posible respuesta (que por ahora no elaboro).

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sábado, 12 de mayo de 2007

Su pregunta es: ¿por qué me intereso tanto por la política? Para responder de un modo muy simple diría: ¿por qué no debería interesarme por ella? ¿Qué ceguera, qué sordera, qué densidad ideológica tendrían que pesar sobre mí para impedir que me interesase por el problema sin duda más crucial de nuestra existencia, es decir, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas con las que funciona, y el sistema que define las formas habituales de relación, lo que está permitido y lo que está prohibido, que rigen normalmente nuestra conducta? La esencia de nuestra vida está hecha, en último término, por el funcionamiento político de la sociedad en la que nos encontramos. Así pues, no puedo responder a la cuestión de por qué me intereso por la política, únicamente puedo responder preguntándome: ¿por qué no debería hacerlo?... Lo que sería un verdadero problema sería no interesarse por la política

-M. Foucault

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jueves, 19 de abril de 2007

Sobre Generaciones y Críticas



Sin conocer mucho de historia, ni recurrir a conceptos sociológicos como el de la dialéctica marxista, podemos señalar fácilmente que en el desarrollo de las sociedades la tensión entre lo que podríamos llamar provisionalmente “lo nuevo” y “lo tradicional”, está siempre presente y de una u otra manera va configurando el cambio en las relaciones sociales.

Comúnmente se tiende a reducir “lo tradicional” al concepto de folclore, omitiendo el hecho de que el concepto de tradición es un concepto bastante más amplio que se refiere a todo aquello que una generación hereda a otra en términos de subjetividad (la palabrita me ha comenzado a cargar, la uso a falta de otra mejor) como por ejemplo valores, creencias, formas de expresión artísticas, formas de conocimiento, costumbres, etc. Por lo tanto cuando se pregunte por “lo nuevo” y por “lo tradicional”, siempre se debe tener en cuenta la “generación” o la época histórica desde la cual se esta realizando la categorización, en otras palabra, “lo nuevo” y “lo tradicional” no es lo mismo para nosotros que para nuestros abuelos (Ej: la costumbre de ver tele puede ser nueva para nuestros abuelos, pero ya ser considerada tradicional por nosotros, así como la Internet es nueva para nosotros será parte de lo tradicional para nuestros hijos).

Esa distancia generacional, es la que debemos considerar antes de condenar a una generación o criticar una época, pues creo que por una tendencia casi natural de los seres humanos tendemos a evaluar como mejor las cosas que nos más propias y familiares (tómeselo en Psicología como creencia grupal o por una necesidad de autoimagen positiva del self), por lo que puede perfectamente pensarse que en gran parte detrás de la critica a la posmodernidad es posible encontrar un sentimiento de nostalgia implícito. Nostalgia que no entendemos y a la cual somos inmunes porque para nosotros las ideas constitutivas de la posmodernidad son parte de lo tradicional, de lo que heredamos. Nosotros no vivimos la angustia ante la caída de los metarrelatos y de las grandes ideologías, pues crecimos cuando estas cosas ya estaban muertas, o en términos simbólicos, la caída del muro de Berlín no tiene la connotación de perdida o de triunfo para nosotros puesto que fue una cosa dada de antemano. Lo mismo puede decirse de la transición a la democracia. Por lo tanto es posible señalar que como toda critica, la crítica a nuestra generación tampoco puede plantearse como una critica objetiva en el sentido que necesariamente se hace desde algún lugar (otro discurso) y por lo mismo puede pensarse que lleva implícita la idea de un deber-ser.

Lo que me molesta de las criticas de Domínguez Sánchez (articulo anterior) y la de Pérez Soto hacia nuestra época es el hecho de que no sean capaces de hacer explicito ese deber-ser desde el cual están pensando, porque al no hacer este proceso explicito, al no tener claro hacia donde se quiere llegar probablemente la critica termine abogando por un regreso hacia lo tradicional. Regreso hacia la tradición que en el caso de la modernidad, parece ser ni deseable ni posible.

El respeto por la tradición, por el pasado y la memoria, no debe confundirse con esa nostalgia o con el motivo literario del “todo tiempo pasado fue mejor”, pues creo que la necesidad de no olvidar las condiciones sociales que hicieron insostenible o problemático nuestro pasado nos impone la necesidad de proyectar toda critica hacia “lo nuevo”, hacia lo utópico en ultimo termino. Preguntarnos que clase de deber-ser, que clase de utopía, hace referencia una crítica debe ser el primer paso a la hora de intentar cuestionarla.

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jueves, 5 de abril de 2007

La aspiración estratégica de aglutinar una mayoría*


Una gran aspiración estratégica del ciudadanismo consiste en encontrar propuestas que tengan la virtud de aglutinar una inmensa mayoría social en contra de la minoría de políticos financieros y académicos neoliberales del pensamiento único que orientan la dirección de la globalización. La adopción del pacifismo como principio indiscutible de acción purgó de las asambleas y las manifestaciones a los radicales, pero su objetivo principal era el diálogo con el poder. No querían enfrentarse a nada; no aspiraban a cambiar el mundo sino a participar en su gestión. Con ellos otra gestión capitalista era posible. Lo que pretendían reformar no eran más que los mecanismos de cooptación de la clase dominante. De ahí los determinados discursos ciudadanista de auge reciente en los Foros, como el que postula democratizar la globalización, contribuyen a esta misma operación de reabsorción por la vía de convalidar las exigencias antagonistas en derechos consagrados en alguna suerte de Constitución global. Que la lucha por los servicios públicos contra su mercantilización se resuelva en una Declaración de Derechos en la futura Constitución europea puede parecer un ejercicio de realismo pero es seguro que contribuye a reproducir los mecanismos de delegación y mediación que son la fuente de la aceptación social del dominio capitalista. Se pueden ahorrar los realistas sus tentaciones sarcásticas: lo anterior no implica renuncia alguna al ejercicio de los derechos hasta el límite de sus posibilidades.

La finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más justo, proporcionarle de alguna forma un suplemento de alma y en cierto modo de manifestar la sumisión democráticamente. La lucha de clases es sustituida aquí por la participación política de los ciudadanos, que no sólo deben elegir a sus representantes, sino además actuar constantemente para hacer presión sobre ellos, con el fin de que apliquen aquello para lo que fueron elegidos. Naturalmente los ciudadanos no deben en ningún caso sustituir a los poderes públicos. El ciudadanismo se desarrolla como ideología producida necesariamente por una sociedad que no concibe perspectivas de superación [del sistema]. Se trata pues de una servidumbre voluntaria; es la oposición a casi nada (a lo que es más obviamente falso e injusto del capitalismo) y a solicitar “control ciudadano” para todos los extremos crueles del capitalismo.


*Extracto de "Crítica del Ciudadanismo" en Sepiensa.Net

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jueves, 29 de marzo de 2007

Sobre el Día del Joven Combatiente

29 de marzo fecha en la cual se conmemora el día del Joven Combatiente. Probablemente este no difiera mucho de los años anteriores, tal vez sea un poco más violento, pero estoy casi seguro de que los hechos seguirán cierta lógica a la que comenzamos a acostumbrarnos y que le brindan en parte el carácter tradicional a la fecha. Las discusiones, los análisis y los argumentos en pro y en contra, surgidos a partir del sentido de la violencia que matizan las conmemoraciones, tampoco variaran mucho de un año a otro, lo que en parte bien a mostrar lo inútil, o mejor dicho, lo accesorio de este dialogo de sordos. Se puede decir que el tema divide, pero lo cierto es que quienes practican y defienden la violencia constituyen una minoría incluso dentro de los círculos universitarios, hecho que puede deberse tanto al poco apego que tenemos por la violencia (sobretodo aquella instrumental o racional) como al discurso hegemónico y la caricaturización o mas bien dicho demonización que se hace de estos movimientos violentistas.

Personalmente no defiendo ni apoyo los actos de violencia pero de todas formas es posible preguntarse ¿alguien recordaría la muerte de los hermanos Vergara Toledo si no fuese por estos enfrentamientos entre encapuchados y carabineros? Probablemente no muchas personas lo harían y creo que por lo mismo debiésemos al menos reconocerle a los encapuchados que la violencia cumple esa función rememorativa.

Desde mi punto de vista la importancia de ese “no olvidar” no radica en transformar el dolor de las victimas de la dictadura en nuestro, en transformar sus muertes en estandartes de nuestras propias luchas, convertirlos en mártires de determinadas causas y en definitiva en reducir la muerte de los hermanos Vergara en meros iconos que puedan ser estampados en una polera. El dolor de los deudos, de sus familias y de sus amigos, es algo que debemos respetar. El sentido de eso no olvidar radica más bien el reconocimiento de que la democracia que hoy disfrutamos (podrá no gustarnos, pero podemos concederle el hecho de que es bastante mejor a la dictadura de Pinochet) es producto en gran medida al sacrificio y a la muerte de muchas personas cuyas vidas probablemente pasaran al olvido como ha sucedido anteriormente en nuestra historia con la matanza del seguro obrero, de la escuela de Santa María, la Semana Sangrienta, y tantos otros casos de los cuales ni siquiera son mencionados.

El hecho de mantener presentes en nuestra memoria colectiva estos sacrificios es la única garantía que tenemos de no repetir la historia, de no cometer los mismos errores, de sufrir las mismas derrotas, en otras palabras, de no tornar inútil la muerte de dichos hermanos. “No olvidar” es una forma de resistir al discurso oficial (tal vez no sea suficiente, pero si necesaria) de cierta manera también es una forma de continuar oponiéndose a la hegemonía neoliberal en la construcción de historia, memoria e identidad. Por lo menos eso deberíamos reconocerle a los encapuchados, más allá de que estemos o no de acuerdo con la forma.

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